Ignacio Ruiz Quintano
Drogba debería jugar con zapatos de charol. Y sus goles, cantados por Nicolás Guillén:
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Tus guantes / puestos en la punta de tu cuerpo de ardilla, / y el punch de tu sonrisa…
Y más y más cosas, “porque el training es duro y el músculo traidor, / y hay que estar hecho un toro, / como dices alegremente, para que el golpe duela más…”
El sóngoro cosongo de Guillén.
La alegría que entraba a los españoles al ver por la calle a Rafael el Gallo es la que me entró a mí al ver a Drogba meter el penalti que le daba al Chelsea la Orejona reservada al Madrid, de no haberse dejado el Madrid el pellejo en el remate de su Liga en Barcelona.
Drogba me desquitó de la grosería mastuerza de Hoeness y Breitner cuando los penaltis del Bernabéu: qué bonita es la venganza, cuando Dios nos la concede, que dijo José Alfredo Jiménez. Y fue hermoso contemplar que la gran Alemania era la que estiraba su hocico “con una enorme lengua húmeda, / para lamer glotonamente / toda la sangre de nuestro cañaveral”.
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Yo no he visto que la tocara el portero –se defendía Sanchís.
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Pues yo lo he oído. ¿Tú no has oído nada? –insistía Sauca.
Sauca y Sentís fueron los locutores de la TV pública de España en la final de Munich. El partido lo salpimentaron con responsos por el tiquitaca, la posesión y las canteras (?), y, no se sabe si por los recortes, los penaltis los narraron de oídas: “Óyeme con los ojos, ya que están tan distantes los oídos...” Sauca, como el niño cegato de “Sin perdón”, Jaimz Woolvett, atorrando a Clint Eastwood con “¿lo has matado?”, “le oigo quejarse”, “no está muerto”, etcétera. Y Sanchís: “Cuando metes un penalti a un portero le quitas todo lo que tiene, y todo lo que podría tener.”
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Toda la noche oyeron pasar pájaros –anotó Colón en su bitácora.
Pero Sanchís, que se ha pasado noches enteras oyendo pasar pájaros en El Gargantón, no oía el roce de las manoplas de Neuer a los disparos de Drogba.
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¡Gol de Noya! –gritaron al unísono.
Sauca y Sanchís a Neuer (el mejor portero del mundo, según Florentino Pérez) le dicen
Noya, cosa que no se le ocurrió decirle en su “twitter” a Sergio Ramos, que también vio cumplida su venganza.
Noya, pues, además del pueblo fundado por Noé para veranear en Galicia, es el nombre alemán del portero del Bayern llamado a sustituir a Casillas, que ayer cumplió 31 años y parece el abuelo de Drogba, que tiene 34.
El tal Noya de Sauca y Sanchís, que ya a Oleguer le decían
Ulagá, es un mozo viscontiniano, un Helmut Berger con guantes en el Montepío del gol.
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Si es que a nosotros nos gusta el tenis… –fue la confesión final de Sauca–,
y después de tres años Sanchís y yo nos podríamos casar.
Eso, en la TV pública de España.
En el estadio de Munich, Alemania untando de asombro su boca de melón ante el deslizarse de Drogba por el cañaveral.
Ya pueden, si quieren, casarse Sauca y Sanchís. Ya pueden, si quieren, vender a Higuaín. Pero fichen a Drogba, “pulido, fino, fuerte, / como un bastón recién labrado / con agresividades de black jack”.
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